Jorge Montane L. "Waders, zapatos, equipo de pesca, carpa, saco de dormir, ollas. Todo formaba parte del equipo que cargaba en la espalda, el peso de la mochila incrustando los tirantes en mis hombros."
Habíamos caminado unas buenas horas cerro arriba, en busca de alejarnos lo más posible y acceder a todas aquellas pozas que nos habían descrito como muy productivas y que no se encontraban en los mapas. Hermosa quimera la de los pescadores: la esperanza en los milagros, soñadores por naturaleza. Fue lo que me impulsó junto a mi amigo Andrés a emprender la travesía. Nos habíamos noticiado con arrieros de la zona que arriba en la veranada la pesca era bastante buena, que los “salmones” –como ellos llamaban a las truchas –tenían el tamaño de una botella de Coca Cola de dos litros. Motivo más que suficiente para hacer el esfuerzo. El cerro nos iba cobrando el peaje en cada paso que dábamos; la sequedad del terreno y el sol implacable minaban nuestras fuerzas, mas no nuestro espíritu. Fue así que en un recodo una brisa refrescante nos trajo el sonido del agua, que corría por entre las piedras. A poco andar por el empinado cerro, la cima se transformaba en un verde valle, el quebrado río que habíamos visto en el inicio de nuestra travesía –y que estuvo perdido por largas horas –, corría ahora sinuoso entre saltos y correntones, prometiéndonos satisfacer nuestras expectativas. Aquel día las fuerzas no nos acompañaron para armar las cañas, aunque la intención estaba. El atardecer con sus arreboles, manchado por la imponente silueta del vuelo de los cóndores, fue el telón de fondo de ese paraje, ¡que momentos más inolvidables! El deseo de dejar estática de aquella imagen para ser disfrutada por más tiempo se fue diluyendo hasta llegar la noche, que sólo se iluminaba con la luz del fuego donde cocinábamos. Temprano en la mañana alumbró el sol. Andrés, que era más madrugador, ya tenía el agua hirviendo en la tetera, por lo que desperezarme no fue tan traumático. Mientras degustábamos nuestro café acompañado de unos sándwich trasnochados, nos poníamos de acuerdo sobre qué mosca usar; la ansiedad me comía. Lo curioso es que mi compañero tomaba su café con toda calma y prestaba poca atención a mis comentarios, balbuceos con la boca llena de pan. Mi ansioso compañero se había levantado al alba y había estado pescando a pocos pasos de la carpa. Sólo el frío matutino lo ahuyentó y era la razón de que la amable tetera estuviera en ebullición a mi despertar. Cuando le pregunté por aquella quietud de espíritu, me reveló su secreto, el breva ya tenía en el cuerpo la pelea de dos hermosos ejemplares de trucha marrón. Consulté con qué mosca había pescado y como buen mentiroso me contó que había amarrado una mosca seca diminuta de color gris, que había sido poco menos que la revelación del año, pero el tippet de su caña lo desmentía: era grueso como un cordón de zapatos (una exageración mía), y de ninguna manera sería capaz de pasar por el ojo de la mosca que indicaba que había utilizado. Suavemente, y con la delicadeza de un loop amplio, posé mi mosca sobre el agua. No alcanzó a recorrer ni un par de centímetros cuando fue engullida con gran violencia, desapareciendo bajo el agua; mi línea fue arrancada de mis manos y el carrete comenzó a cantar por unos segundos, mi corazón bombeaba como si se fuera a reventar, por lo inesperado del pique. La trucha no peleó mucho, estaba gorda como...., lo que sí, me dio varios dolores de cabeza para tratar de recobrarla, ya que piedra o hueco que encontraba intentaba esconderse allí, amén de que mi posición era poco ventajosa, por estar parado sobre una piedra de granito tan lisa que parecía que la hubieran pulido especialmente para agregarle algo de dificultad al que osara utilizarla En dicho pozón quince fueron las truchas que pesqué, hermosas todas ellas, de tallas más que interesantes para el tamaño del río que corría entre piedras y correntones. Quién lo hubiera pensado: encontrar por el azar de las cosas de la vida una colonia de pajarotes justo bajo mis pies. En algunas oportunidades he visto estos gigantes torpes batir sus alas sobre el río, casi al llegar la noche. Así concurrió el día, pesqué toda esa mañana, de mi compañero sólo vine a saber cuando regresé al campamento bien pasado mediodía. El sol arreciaba y el calor era insoportable, pero bajo la sombra de un olivillo encontré algo de fresco, y me senté a conversar con Andrés de la experiencia vivida con los pajarotes. Él había tenido una buena pesca, pero a eso de media mañana las cosas se habían puesto algo más lentas, las truchas habían dejado de tomar sus moscas y decidió volver al campamento a para esperar la hora dulce de la tarde, donde las expectativas de poder pescar con mosca seca eran seguras. Almorzamos una espectacular tallarinata algo entrada la tarde para después dormir una siesta bajo la sombra de los olivillos. El atardecer nos premió con un espectáculo tan maravilloso como el día anterior, los arreboles, los cóndores. La única diferencia era que en esta oportunidad me encontraba tentando truchas con mi mosca; muchas cayeron en el engaño a medida que el sol se ponía. Mi imitación de pajarote casi destruida, los hilos le colgaban, el ala era sólo un muñón donde otrora se mostraba majestuosa y equilibrada. Así cayó la noche y al otro día emprendimos el retorno siguiendo las huellas de regreso. Tiempos inolvidables, tiempos de juventud, tiempos de pesca.
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