Jorge Montane Lepeley. Mochileando con mi inseparable amigo Rodrigo, con quien solíamos salir a la deriva durante los meses de verano junto a nuestra mochila y saco de dormir y algún derrotero no muy planificado del sur, arribamos al Lago. Nuestras personalidades e intereses que eran completamente distintos, nos hacia complementar bastante bien. Rodrigo era aficionado a viajar y conocer, estudiante de veterinaria y poeta, un gozador de la vida que disfrutaba con el paisaje, los viajes y la aventura de salir sin un rumbo fijo, con este amigo loco por la pesca y la ornitología. Tiempos aquellos, la mayoría de los caminos eran de ripio o tierra, o literalmente no existían. Así, la localidad de Enco al otro extremo del lago Panguipulli, era cubierta por el Vapor Enco que hacia su recorrido lacustre trasladando pobladores con sus cargas de vituallas, como quintales de harina, pollos, chanchos, etc. Nosotros, viajábamos en tren. En aquellos años los ramales ferroviarios se internaban hasta diferentes localidades. Así fue como llegamos hasta la localidad de Panguipulli, hermoso pueblo, de gente amable. En la playa de aquella localidad instalamos nuestra carpa, con vista al lago y el majestuoso volcán Choshuenco. Allí, fue donde conocimos la familia de un personaje llamado Miguel Ángel quien vacacionaba junto a su familia. Era un hombre de baja estatura, más bien gordito, de ancestros italiano, que hacia rememorar a Nerón o algún prócer de la antigua Roma. Buena amistad entablamos con ellos. Fue así que el día que nos íbamos nos ofreció llevarnos en su camioneta hasta la estación del tren, la que quedaba algo retirada de nuestro lugar de campamento. Para nuestro viaje, habíamos preparado bastantes sándwiches, ya que el viaje de retorno hacia la capital tomaría largas horas. Al llegar a la estación nos despedimos de nuestros nuevos amigos dando las infinitas gracias por su gran amabilidad. Ya nos encontrábamos instalados en el tren cuando para nuestra sorpresa aparecen nuestros recién despedidos amigos portando la bolsa que contenía nuestros sándwiches, los que se habían quedado olvidados en la parte trasera de la camioneta junto con una oferta de seguir viaje con ellos en busca del loro amarillo, cachaña o choroi de plumaje amarillo, los que habían sido avistados en la cordillera de la costa cerca de Río Negro, lo que fue aceptado casi de inmediato. Así fue que emprendimos viaje, camino al pueblo de Los Lagos para continuar al sur. Ibamos viajando en la parte trasera de la camioneta cubierta por un toldo de lona. Todo transcurría tranquilo, cuando de un repente nos detenemos en seco y el grito de nuestro benefactor y chofer, diciendo “bájense rápido cabros, atropelle a un gallo”. La angustia nos embargo, dado que no teníamos visión, pensamos que había atropellado a un cristiano, pero afortunadamente era un gallo de bellas plumas, al que fuimos a socorrer. Este yacía sobre la mitad de la calzada, algo empolvado. Al recogerlo parte de su plumaje quedó en mis manos. Estas eran de un color rojo medio tornasolado, las que pasaron a adornar mi sombrero. Mientras viajábamos, la tertulia con mi amigo transcurría sobre nuestras experiencias vividas, de los buenos momentos pasados y también sobre la suerte corrida por el gallo, cuando de repente le cuento que mi padre en sus años mozos, usaba moscas para pescar y que tenia una cajita con plumas para hacerse sus propias moscas. Mi amigo me consulta qué es una mosca para pescar y por qué las plumas (como lo indiqué con anterioridad, no sabía nada acerca de la pesca). Así que, a modo de explicación, extraje un anzuelo y con más ignorancia que sabiduría y guiado por la intuición, tomé unas plumas de mi sombrero y con hilo de coser confeccioné mi primera mosca. Nuestro viaje nos llevó hasta la localidad de Río Negro, donde con mi caña de spiner y un plomo, intenté dar a mi amigo una demostración de la pesca con mosca, la que no tuvo resultados, quedando mi mosca guardada en algún lugar tantos años ya, que la memoria, sólo trae al recuerdo, mi primera mosca.
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