Apreciaciones por Paul Schulz No había querido meterme en el terreno del atado de moscas, hasta ahora. Quizás por el temor de alterar los ánimos de los ilustres exponentes de esta disciplina o tal vez porque sencillamente no se me había ocurrido. En fin, aquí les va esta novena Ficha Didáctica.
La “Ruta Lógica” No hay reglas respecto de cuándo se debería empezar a atar las moscas propias o siquiera si debiese hacerse o no. La fauna es bastante diversa en este sentido.
Conozco ilustres personajes de la pesca con mosca que partieron atando moscas aun antes de siquiera tomar una caña y tener sus primeras experiencias prácticas. Otros, en cambio, continúan pescando después de varios años con moscas compradas y rara vez han atado sus propias moscas (por cierto, son los menos y casi siempre con holgados saldos en sus cuentas corrientes). Pero lo “lógico”, si es que me aceptan usar la expresión, es que luego de haber experimentado las bondades de esta pasión que nos reúne, de haber comprado el primer equipo y llenado una caja con moscas compradas, el siguiente paso sea pensar en… amarrar las propias.
La Gran Falacia
“No es lo mismo pescar con moscas compradas que con las propias. Amarra las tuyas y notarás la diferencia”, es el primer y más recurrente argumento que esgrimimos todos en algún minuto. Y en efecto, no es lo mismo. Pero no porque las moscas propias tengan algo intrínsecamente diferente a las moscas que uno consigue en las tiendas. De hecho, son harto “malitas” en un comienzo, tanto en factura como en duración. ¿Dónde está la diferencia, entonces?
Hay varias posturas, que no son excluyentes entre sí y a las que adhiero firmemente:
1) Dejemos de lado los mitos… amarrar moscas es harto más barato que comprarlas. Mi primera caja de moscas, con alrededor de 30 ninfas y otras tantas secas me costó algo así como $ 60.000 de hoy. ¿Volvería a comprar alguna vez 60 moscas a “luca” cada una? Difícilmente. Los empresarios de la pesca con mosca me perdonarán, pero no hay que ser economista para saber qué es más conveniente…
2) Es muy entretenido. El notable Randall Kauffman desarrolló un método para atar ninfas eficientemente usando sólo un par de minutos en cada mosca. Pero Randall, ¿a quién le interesa convertirse en una maquinita de hacer moscas? Claro, no faltan los cuadrados que disfruten de jugar a la producción en serie, pero por favor… ¿hay algo más entretenido que amarrar unas moscas con los amigos y demorarse medio día en ello?
3) Muy importante… permite ocupar el tiempo durante los meses en que la temporada está cerrada. Así evitamos aquellos sincretismos tan cuestionables como andar pescando pejerreyes argentinos con mosca y tanta otra actividad desesperada a la que se recurre fuera de temporada.
4) Si eres casado, contribuye al mejoramiento de las relaciones con tu pareja, pues es la época en la que nos quedamos más en casa. Ella está feliz de que así sea y algunas hasta regalan uno que otro material que nos hacía falta.
5) Por otro lado, el amarrar moscas mejora nuestro entendimiento de las mujeres pues permite desarrollar el lado femenino, manifestando esa capacidad tan propia de las féminas de acaparar en cantidades descomunales objetos que no necesitan. ¿Qué más podríamos pedir?
6) Finalmente, siempre está la opción de pensar que pescar con moscas propias produce una satisfacción interna, por el hecho de haber sido uno mismo el que las fabricó y todos los cuentos que uno pueda inventarse. Pero hay que reconocer que esa es la explicación más débil, pues cuando tienes la trucha saltando en la punta de la línea en lo último que piensas es en la procedencia de la mosca.
Hasta aquí todo va bien con la intención de atar las moscas propias, pero otra cosa es con guitarra…
Venciendo los Obstáculos
Ya decidido a emprender el desafío por tu cuenta, viene el primer gran obstáculo: Adquirir materiales e infraestructura para atar.
Te apareces por una tienda bien surtida, tratando de no quedar como ignorante y de que te asesoren de la manera más discreta posible. Confiado en que la cosa será sencilla, descubres a poco andar la cruda realidad de que el kit ideal de atado es mucho más complejo que sólo una prensa, una tijera, un carrete de hilo y unas cuantas “plumitas”.
Lo que si es claro es que, sin importar cuánto hayas comprado en ese primer acercamiento, el gérmen de la necesidad insatisfecha de materiales de atar ya se fijó en tu ADN de pescador y desde ese día en adelante SIEMPRE te faltará algo para sentir que tu stock está más o menos completo.
Creías tener la variedad completa de cuellos o plumas? Pues no la tienes. De seguro aparecerá el faisán de Mongolia o la Gallina del Tibet, cuyas plumas de la patita izquierda o el ala derecha son las únicas para amarrar esas mosca que se te ocurrió atar el fin de semana. Y para qué hablar de la variedad casi infinita de dubbing, chenille, marabou y tantos otros materiales… tan amplia como la imaginación del pescador.
Resultado: No estarás conforme nunca… salvo que renuncies a la pesca y te dediques al dominó.
Una vez aperado, viene el segundo (y más importante) obstáculo: ¡Comenzar a atar!
Estás frente a la prensa, con un anzuelo fijado en ella, con tu flamante bobbin en una mano (puchas que te costó enhebrar el hilito, ¿no?) y dispuesto a partir con tu primera Woolly Bugger. No puede ser tan difícil esta cuestión, ¿o sí?
Comienzas a darle vueltas al hilito alrededor del anzuelo, pero no se agarra la cuestión y todo da vueltas en banda. No te preocupes, es normal que pase. No te costará mucho aprender por intuición como fijar el hilo. Por ahora, un nudito te salvará.
Agarras un pomposo marabou para la cola y se lo plantas al final del anzuelo, dándole hartas vueltas de hilo. Impecable, hasta que la punta del anzuelo corta el hilo ¡Desastre!. ¡Ah! Es que no puedes poner el anzuelo tan atrás en la prensa. No importa, partes de nuevo.
Lograste poner la cola. ¡Bien! Pero ahora, vamos con el cuerpo. Con el hilo bien retorcido y en la parte delantera del anzuelo, sujetas un pedazo de chenille al anzuelo y enrollas. Para asegurarte, haces una doble capa de chenille y cuando vas a amarrar… se te vuelve a cortar el hilo. Atrás y vuelta a empezar.
Con gran esfuerzo queda listo el enrollado de chenille, pero ahora te das cuenta que falta el saddle para el cuerpo. Improvisas y se te ocurre amarrarla por encima no más. ¿Quién se va a dar cuenta? Tomas el saddle y antes de la primera vuelta… ¡se corta!
La paciencia comienza a fallar.
Después de varios intentos, el saddle queda firme y comienzas a enrollarlo. A la mitad del camino… se corta el hilo otra vez.
Exhausto, logras fijar el saddle y cuando todo parece estar listo, ahí está el bead head para la cabeza. ¿Cómo se pone esta cuestión ahora? Lamentablemente descubres de la manera difícil que el bead head es lo primero que se pone y para qué hablar del tinsel, que a estas alturas ya se te cayó debajo de la mesa.
Frenético, decides que tu Woolly no tendrá bead head y rematas con una protuberante cabeza de hilo, la que por supuesto ni se acerca a la forma de las moscas que conoces por el exceso de material que le has puesto ya al anzuelo.
A punto de concluir, das tus últimas vueltas y, por enésima vez, ¡se te corta el hilo!
¡Y a la punta del cerro se fue la primera mosca! Un verdadero Desastre.
No te rindas
Si tu entusiasmo logra sobrevivir a esta dura experiencia, lo más probable es que en tu próxima sesión de atado estarás sentado junto a un amigo más experimentado que te introducirá en los secretos del atado y, con práctica, mucha paciencia y muchas ganas, estarás atando moscas decentes en pocas semanas.
No te desmoralices. Hay cosas peores que la primera experiencia de atar por cuenta propia y afortunadamente son muchos los que no sólo sobreviven sino que terminan siendo muy buenos atadores.
Por supuesto, si quieres ahorrarte el sufrimiento, siempre tendrás la opción de tomar unas clases de atado. Pero te perderás el recuerdo de la primera mosca-desastre, esa que siempre te sacará una sonrisa cuando la encuentres en tu memoria.
Buena suerte y mucha, mucha paciencia.
Paul Schulz
|
|||
Encuesta |
||
|
|
